Tutora de Entrenamiento en Gestalt Trascendente y Gestaltista.

Oct, 2017 |María José Mejía Atuesta

Todo comenzó con un sutil, amoroso, tranquilo y hasta casi silencioso darse cuenta: “vivir es diferente a lo que me he imaginado que es”, me dije. Recuerdo estar acampando en una playa en Guanacaste, Costa Rica, era una noche llena de estrellas estaba en un campo de verano, lejos de todo el ruido de mi vida, estaba con jóvenes de mi misma edad, de diferentes países, alrededor de una fogata, tocando guitarra, cantando, riendo y compartiendo un mashmellow con galleta macarena y chocolatina jet, el mar estaba a tan solo unos metros y su inmensidad me maravillaba. Esa noche dormimos todos ahí en la arena, al lado del mar, con su sonido arrullándonos, hicimos una cadena de almohadas con nuestras barrigas y así todos teníamos un lugar donde descansar nuestra cabeza, mientas al mismo tiempo poníamos nuestro cuerpo al servicio del descanso del otro. Hoy revivo esa escena en mi cabeza  y veo lo claro que se me develó en ese momento, el misterio del amor y su flujo que da y recibe en un ciclo sin fin.

Fue un instante, mágico y trascendente que marcó los pasos que daría en búsqueda de la respuesta a la pregunta ¿Cuál es la vida que quiero vivir?. Regresé y me encontré de frente con la vida que tenía, con mi constante sensación de no ser suficiente, con mi soledad, con mi dificultad para relacionarme con las niñas de mi colegio, con la enfermedad de mi mamá, con la separación de mis papás, con la falta de un hermano, con mi sobrepeso y mi constante desprecio a mi imagen física, con mi inseguridad y mi constante manía de compararme con los otros y desear lo que tienen los otros mirando hacia afuera para ver que agarraba del ambiente para sentirme suficiente. En medio de este caos elegir vivir una vida diferente, parecía imposible, así que mi mejor recurso en ese momento fue comenzar a construir una identidad, un personaje, que me ayudará a sobrevivir, buscando no perder el amor que obtenía de otros. 

Y así saque a la luz mis mejores herramientas para no perder el amor, fui tierna, dulce, amorosa, atenta, servicial, dispuesta, generosa, sensible, responsable, noble, organizada, siempre dispuesta, sonriente, alegre, una persona que hacia cualquier cosa por el otro con tal que no me abandonara. Le entregué al otro el sentido completo de mi existencia, me volví completamente dependiente de su mirada y reconocimiento y me creí el cuento que para ser amada, reconocida y tenida en cuenta, SOLO PODÍA ser eso, mandando para la sombra, para el sótano, todo lo que yo cotalagaba que me iba a alejar de ese amor, escondí mi rabia, mi inconformidad, mi capacidad para expresar lo que no me gustaba, mi voz, la posbilidad de decir que no, mi autoapoyo, mi autoestima, la confianza en mi, mis dolores, mis necesidades, los nudos en mi historia aun no atendidos, todo lo que yo consideraba malo de mi e iba a ser motivo para que me rechazaran lo metí en un baúl con llave y lo llene de adornos, me llene de adornos, para que nunca fuera vista en mi imperfección. (O Eso creía).

Ese personaje tan mío, tan mío, que hoy la llamo Majito, esa “majito” en la que me dedique a buscar el amor compulsivamente afuera, ocultando mis dolores, haciéndome la mujer maravilla, cuando por dentro me destruía poco a poco, esa en la que elegí muchas veces poner a los otros por encima mío, esa en la que no me hice cargo de mis cosas, por andar haciéndome cargo de las cosas de los otros, esa en la que no sabía decir que no, esa en la que tuve un cuerpo lleno de grasa para esconder y proteger mi baúl de secretos, esa en la que me llene de inseguridades afianzando mi idea que nada era suficiente, esa en la que me obligue a parecer perfecta y en la que me castigue de múltiples maneras cuando no lo era, esa misma fue en la que escogí la psicología como profesión y el acompañamiento como el ejercicio de esa profesión, fue en la que descubrí mi pasión por el servicio y mi sensibilidad frente a dolor humano, fue en la que encontré amigos y amigas que hoy son mis hermanos de camino, fue en la que descubrí la Colombia profunda, fue en la que encontré la espiritualidad Ignaciana como herramienta de auto-descubrimiento, fue en la que me enamoré y encontré al mejor amigo, esposo y amante para vivir esta vida, fue en la que decidí vivir mi vida, fue en la que busqué un socio que me acompañara a emprender el sueño de construir un mundo mas humano.

Esa misma fue en la que buscando compulsivamente el amor, me lo encontré de frente en su esencia pura, amplia, expansiva, infinita, incondicional, expresado en su multiplicidad de formas y colores, un amor que se hace real en el aquí y el ahora, en la mirada de los niños, en los cuidados de Papá y Mamá, en el abrazo al regresar a casa, en la risa con los amigos, en los jóvenes y su fuego interno que los invita a revolucionar el mundo, en el río, mar, árboles y naturaleza, ese amor que está en todo y todos y ya nos pertenece, solo basta abrir los ojos y darse cuenta que ahí está. Con Majito aprendí a encontrar lo esencial en el mundo.

Sin embargo, algo hacia falta, me seguía sintiendo incompleta, insuficiente, vivía situaciones que me destruían en un segundo y me dejaban llorando días enteros, deseando no vivir, un rechazo era insoportable, un conflicto la peor pesadilla, me afectaba mucho lo que los otros decían de mi, mi peso estaba cada vez más elevado, y mi inconformidad y odio hacia mi cuerpo eran cada vez mayores, sentía un miedo visceral a equivocarme, a cometer un error y recibir una retroalimentación negativa, veía jueces en todo el mundo evaluando y midiendo cada paso que daba, que no eran más que mis dos ojos juzgando mis propios pasos, evidentemente esto hizo que mi inseguridad tomara dimensiones enormes, me volví incapaz de expresar alguna inconformidad, de confrontar, hasta de ejecutar y tomar decisiones, miraba afuera deseando tener cualidades que cuando buscaba en mi no encontraba por ningún lado.

La vida que había elegido vivir acontencía tal cual la construí, por un lado era feliz con lo que hacía, con mi trabajo, con mi matrimonio, con mi espiritualidad, con mis amigos. Aparentemente todo estaba perfecto de la piel para afuera. Y por el otro lado, al mismo tiempo, de la piel para adentro, vivía un infierno interno en soledad, no lo hablaba con nadie, me repetía que odiaba ser quien era, que odiaba mi cuerpo, mi fragilidad, mi inseguridad, lloraba a solas cuando me sentía rechazada, me castigaba mucho de muchas maneras por no ser perfecta, me sentía incoherente y deshonesta al ver mi fachada tan perfecta y mi interior tan destruído, me decía que algo debía estar muy podrido dentro de mi para ser así. Y bueno no es que estuviera precisamente podrido, pero si había algo adentro mío que estaba pidiendo a gritos que le pusiera atención, ya era imposible negarlo, los adornos con los que lo había cubierto se estaban cayendo y la puerta del sótano se estaba comenzando abrir. Era ese baúl en el que decidí esconder todo lo que alguna vez catalogué como motivos por los que voy a perder el amor, y que pensé muy errada e ingenuamente que por meterlos ahí desaparecerían o al menos los olvidaría.

Pues no es así, la verdad es que ESO QUE SOMOS, QUE INTENTAMOS OCULTAR CON TANTA FUERZA, QUE NO QUEREMOS QUE OTROS VEAN DE NOSOTROS, SE NOS SALE POR LOS POROS Y MÁS TEMPRANO QUE TARDE SE HACE VER.

Así que en el instante, en el que una vez más nos damos cuenta que estamos parados frente a nosotros mismos, ese instante en el que no hay más para donde mirar sino el reflejo de la imagen que tantas veces hemos juzgado, rechazado, ignorado, odiado, escondido y hasta intentado destruir. Tenemos dos caminos, el primero casi automático, pues es lo que hemos elegido siempre, que es invertir un montón de energía en volverla a esconder, sabiendo que mas temprano que tarde, volverá a ponerse de frente “a jodernos la vida” o el otro camino, casi desconocido, ese camino que invita a detener el automático y comenzar a remar mar adentro, permitirnos habitar la angustia, la rabia, el rechazo y el miedo que nos produce enfrentarnos a nosotros mismos y en ese encuentro con nuestra propia mirada aceptar que eso también somos, que el hecho que lo hayamos querido negar u olvidar, no significa que esa parte nuestra desaparece, ahí está y va a estar siempre y solo por eso, por el simple hecho que siempre ha estado y siempre va a estar, merece de nuestra atención, merece que por primera vez nos decidamos y elijamos el camino que invita a adentrase en ella, a explorarla y descubrirla,  elijamos por darle un espacio y un tiempo para que nos muestre que trae, que tiene para enseñarnos y cual es su razón de estar.

Elegí el camino desconocido. Fácil: no. Miedo: visceral. Ganas de salir corriendo: todas. Y Con todo esto elegí navegar en mis profundidades, explorar esa imagen del espejo rechazada, humillada y enjaulada tantas veces. Busque ayuda, no sabía muy bien como hacerlo sola y sentía mucho miedo, así que busqué quien me podría acompañar en este viaje a mi interior. Encontré seres humanos maravillosos que me ofrecieron un espacio, cuidado, amoroso, respetuoso y sobre todo acompañado donde me recordaron que contaba con 4 herramientas claves para atravesar este camino: mi presencia, mi consciencia, mi responsabilidad y mi compasión. Llevaba conmigo una pregunta fundamental ¿Si tengo una vida aparentemente feliz, qué pasa conmigo que no lo soy?. Solo bastó dar el primer paso, para comenzar a darme cuenta porque no era feliz conmigo misma, para poder ver esas cadenas que me había colocado para literalmente enjaularme, era prisionera y carcelera de mi misma. Todo lo que mencione anteriormente apareció, mi constante sensación de no ser suficiente, mi soledad, mi historia con el colegio, la enfermedad de mi mamá, la separación de mis papás, la falta de un hermano, mi sobrepeso y la relación con mi cuerpo, mi inseguridad y mi constante manía de compararme con otros, mi rabia, mi inconformidad, mi capacidad para expresar lo que no me gusta, mi voz, la posibilidad de decir que no, mi auto-apoyo, mi autoestima, la confianza en mi, mis necesidades, entre muchas otras cosas.

Cada cosa mereció un tiempo y un espacio, para ser atendido, re-descubierto, explorado, aceptado, reconciliado, integrado y finalmente amado. Poco a poco fui quintando las capas, las cadenas, los velos, los adornos, los yo soy limitantes que por años había colocado y se fue comenzando a develar lo esencial, lo que está debajo de todas esas capas. Por primera vez pude ver mi historia y mis heridas sin el velo del dolor y la pude observar como un camino que he recorrido en la búsqueda y descubrimiento de mi esencia. Buscándola primero afuera, siendo ésta un entrenamiento perfecto, para luego con esa experticia poder ir hacia adentro y encontrar la mía.

Ha sido un camino largo, un camino que hoy comprendo que no se acaba, que el auto-descubrimiento y el trabajo personal son tareas de todos los días y que definitivamente esta ha sido la mejor experiencia que he podido vivir, cada paso ha valido la pena. Este es mi presente, estoy fluyendo con todo lo que soy, completa, con todas mis múltiples formas y colores en la búsqueda de mi esencia tanto afuera como adentro. Sigo buscando mi esencia y quiero acompañar a otros a encontrar la suya, aun no consigo descubrirla del todo, a veces me acerco, veo algunos destellos, creo que la voy a descubrir y se me pierde. Simplemente en este momento confío, confío que así es perfecto, que no necesito más de lo que tengo y de lo que soy para vivir, que este baile de estar siendo adentro y afuera también es perfecto y que mas temprano que tarde descubriré mi esencia y la dejaré ver con todas sus formas, colores, olores y sabores. Es el camino que elegí.

“No hay nada más práctico que encontrar “lo que amas”.

Es decir, enamorarse rotundamente y sin ver atrás.

Aquello de lo que te enamores, lo que arrebate

tu imaginación, afectará todo.

Determinará lo que te haga levantar

Por la mañana, lo que harás con tus atardeceres,

Cómo pases tus fines de semana, lo que leas,

A quién conozcas, lo que te rompa el corazón

Y lo que te llene de asombro con alegría

Y agradecimiento.

Enamórate, permanece enamorado,

Y esto lo decidirá todo”.

Pedro Arrupe, S.J.

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