“Seducir o desaparecer” es tal vez una de las primeras máximas que integramos a nuestro manual de supervivencia. Desde que nacemos necesitamos ser vistos para atender nuestras necesidades más básicas. En los primeros años de vida la mayoría la tiene fácil: la naturaleza nos regala armas de seducción al hacernos seres tiernos, vulnerables, suavecitos. Pero con el tiempo se va haciendo necesario desarrollar la habilidad propia de llamar la atención de los padres inicialmente, luego de los pares, más delante de esa persona que nos atrae, luego del jefe, de los clientes… y así sucesivamente.

Entonces lo que al inicio de nuestra vida era una estrategia de supervivencia, en la adultez se convierte en una carrera por el reconocimiento, y ¿cómo ser reconocidos si no es cumpliendo a cabalidad lo que nuestro entorno espera de nosotros? Ser un profesional admirable, un emprendedor incansable, un padre o madre ejemplar, un ser impecable, una persona coherente, un joven audaz; ser fuerte y persistente, o tal vez creativo y espontáneo, espiritual, generoso, colaborador, disciplinado, honesto y hábil… todos estos mandatos y tantos más se convierten en el molde de la identidad que construimos.

La presión de las expectativas familiares y culturales la sufren la mayoría de las personas, y aquellas que no la sienten, tal vez es porque tienen esta voz tan introyectada que ni siquiera se dan cuentan del peso que cargan. Así que esto es algo ampliamente visto y conversado por la mayoría. Lo que posiblemente no es tan evidente es el precio que pagamos por lograr la aceptación del entorno. Es muy, muy costoso y va más allá del estrés que nos genera, es un precio más alto que el tiempo que le dedicamos al inalcanzable reto de “cumplir”, es mucho más doloroso que renunciar a nuestros momentos de disfrute… el precio que pagamos es el rechazo y desamor hacia nosotros mismos, la ausencia del tan anhelado “amor propio”.

Nos pasamos la vida entera construyendo una identidad que nos asegure el éxito o al menos que nos haga socialmente funcionales. En esa labor de moldearnos con el martillo y el cincel de las solicitudes externas, transformadas en exigencias  internas, perdemos nuestra propia forma y se nos desdibuja lo que podríamos llamar la identidad profunda. Estoy convencida de que cada ser humano trae consigo una semilla de esencia, una medicina personal para entregar al mundo, un “regalo” innombrable, pero poco a poco dejamos de sabernos y nos encontramos viviendo en la ignorancia de nosotros mismos. Y es entonces cuando empezamos a doler, o mejor, a percatarnos de nuestro dolor, a sufrir el duelo de nuestra propia muerte. Suena dramático y extremo, lo sé. La intensidad de ese sufrimiento varía según la naturaleza de cada cual, pero me atrevería a decir que la mayoría de las personas sienten en algún momento esa dolorosa desconexión de si mismo. Y es en ese momento cuando aparece algún tipo de crisis. (Bendita y maravillosa crisis que sacude y ofrece la posibilidad de salir del modo automático)

Ante la emergencia de percibir amenazada su estabilidad, algunos recuerdan la lección primaria: seduce y sobrevivirás. Entonces aparecen los propósitos de hacer ejercicio para sentirse mejor con su cuerpo, o salen corriendo a la peluquería a un cambio de look, o renuevan el ropero, y se inventan otro sin fin de peripecias para gustarse más. No digo que todo esto no pueda aportar algo de serenidad y sensación de bienestar, es cierto que ocuparnos de nosotros sea como sea es un gesto amoroso. El tema es que en el fondo, usualmente lo que estamos tratando de hacer es autoseducirnos, y eso es imposible. No hay forma de vendernos una imagen que nos satisfaga plenamente, porque hay algo en nuestro interior que esta pulsando por ser y no hay forma de no sentirlo.

Pareciera entonces que la vía de la autoaceptación y el amor propio tiene que ver con descubrir esa identidad profunda de la que hable hace un rato. Con esto no digo que se requiere responder a esa pregunta enorme de “¿quien soy?” o poner sobre nuestros hombros esa tarea también tan elevada de “encontrarse consigo mismo”. Pienso que la manera de contactar nuestro núcleo esencial es el ejercicio cotidiano de la autenticidad. Me refiero a reconocer nuestros impulsos, a darle voz a nuestros sentimientos, a atrevernos a expresar lo que pensamos, a darnos cuenta cuando estamos imitando las formas de otros y reflexionar al respecto. Esto puede resultar azaroso si pensamos en hacerlo en la oficina o en la calle, incluso en casa, pero podemos empezar por hacerlo en espacios seguros como conversaciones con amigos cercanos, espacios terapéuticos, pistas de baile, lienzos en blanco, cualquier posibilidad de expresión que no resulte amenazante es un buen inicio.

He sido testigo y doy testimonio de la manera como estos ejercicios de expresión auténtica se van transformando en magnificas manifestaciones de la propia verdad, y esta, a su vez, en una reconciliación interior esplendorosa. Creo que el amor propio no es otra cosa que reconocer el amor que ya somos y manifestarlo siendo auténticos. El amor hacia nosotros mismos brota espontáneamente cuando en un acto de plena aceptación y reconocimiento de nuestra esencia ejercemos nuestro verdadero ser… amamos lo que somos cuando realmente ejer-Semos.

 #responsabilidad #presencia #consciencia #compasión