La paradoja de la deshumanización y la rehumanización como alternativa


Estudiante de Entrenamiento en Gestalt Trascendente.

Ago 31, 2017 | Por: Verónica Fornaguera

Constantemente en diferentes ámbitos o medios he leído o escuchado las palabras ‘inhumano’ o ‘deshumanización’ para referirse a circunstancias, situaciones, actitudes, miradas, comportamientos, etc., que se suponen alejados de lo que consideramos ‘humano’. En mi oficio como Doula (acompañante de partos) he tenido que familiarizarme e incluso he defendido el concepto de ‘parto humanizado’, que se refiere a un conjunto de prácticas para devolverle al parto su carácter humano, como si tal cosa existiera en realidad. Debo decir que, en mi experiencia, los partos más ‘humanos’ son los que más se acercan al parto que entendemos animal, y los más ‘inhumanos’ son aquellos en los que una aproximación exagerada de los avances de la medicina y la ciencia (virtudes exclusivamente humanas) le arrebatan el protagonismo al recibimiento de una nueva vida, a tal punto de convertirse en violentas o intrusivas. Pero el parto no es el foco de mi escrito, sino apenas una forma de ilustrar el punto que quiero tocar.

El hecho es que desde hace algún tiempo había algo en el uso de esos términos que no me parecía coherente. Le di varias vueltas al asunto, hasta que me llegó la claridad de que es una paradoja dar por hecho que ‘lo humano’ implica una relación indisociable con lo sensible o lo empático. Lo paradójico radica en que no existe nada más humano que la dificultad que tenemos como especie para mirar el dolor de frente, para sentirlo, para atravesarlo. En la palabra dolor agrupo lo que duele física y emocionalmente, y que en general está ligado a emociones como la rabia, el miedo y la tristeza. Esta dificultad para sentir dolor es una característica netamente humana. Tan humana, que ninguna otra especie ha creado máscaras tan sofisticadas para protegerse del dolor –o de la consciencia que podríamos tener de él- y de las emociones que lo acompañan.

Ninguna otra especie –que yo sepa- puede calificarse de ser cruel, fría, orgullosa, sarcástica o indiferente ante el dolor propio o de otro de su especie, en particular cuando no se trata de una situación de supervivencia. No pretendo elevar un argumento de carácter moral, ni señalar la crueldad, la frialdad, el orgullo, el sarcasmo o la indiferencia como posturas repudiables. Todo lo contrario; pretendo mostrar y reconocer que todos los humanos, sin falta, usamos estas máscaras para protegernos del dolor, para no sentirlo.

Sobre esta comprensión, me parece que usar los términos ‘inhumano’, ‘deshumanizado’ y demás, termina siendo en últimas una capa más de nuestro carácter, que niega rotundamente nuestra naturaleza humana, tan frágil y vulnerable, que es –o se cree- muchas veces incapaz de tolerar o enfrentar el dolor. Cuando usamos esos términos, damos por hecho que somos en esencia sensibles mientras en la práctica hacemos todo lo posible por dejar de serlo o por evitar a toda costa que los otros noten que lo somos. Y no hablo aquí de sensiblería, que es otro asunto –quizás una máscara más para no contactar o evadir la propia responsabilidad sobre lo que nos duele-. No. Hablo de sensibilidad, como la define el diccionario: facultad de sentir, propia de los seres animados.

Como especie, naturalmente estamos predestinados a adormecer especialmente nuestra capacidad de sentir aquello que es displacentero. En psicología, se le llama carácter o personalidad a esta configuración de máscaras o defensas. En las corrientes espirituales se le llama ego. Muchos creen, habrán oído o entienden que el ego es un gran obstáculo para relacionarnos de manera más ‘humana’. No obstante, el ego es una parte constitutiva de nuestra humanidad y, contrario a lo que parece evidente, yo no me adhiero a las posturas que libran batallas eternas contra el ego o el carácter. No me adhiero porque considero que entre más resistimos algo, entre más fuerza ejercemos en contra de algo, más contribuimos al fortalecimiento de ese algo; es una ley física. Mi comprensión lleva precisamente a lo contrario; me invita a mirar y tratar nuestro carácter o nuestro ego con compasión, en la medida en que no son otra cosa que una sobreposición de capas que vamos generando desde que nacemos (si no desde antes) para evitar el dolor. ¿Qué sentido tiene castigarnos por eso? Y entonces, ¿cómo nos curamos de la humanidad que nos aqueja?

En mi oficio como psicoterapeuta y en mi lugar de consultante, he podido enfrentarme a todo tipo de máscaras –defensas en términos del psicoanálisis- finamente elaboradas para evitar el dolor inherente a lo humano (a lo vivo, diría yo). También he encontrado que no hay nada más empoderador y sanador que ver los dolores de frente, reconocerlos, sentirlos cuanto necesiten ser sentidos, permitirles un tiempo y un espacio de expresión y de sanación.

Cuando tenemos una herida física, la mejor forma de que cicatrice es no taparla, permitirle que respire, de alguna manera, dejarla a la luz; pues bien, con nuestras heridas emocionales pasa igual. Sin embargo, parece que humanamente hacemos todo lo contrario: humanamente hacemos todo lo posible por ocultar nuestras heridas profundas, por no mostrarnos vulnerables, por mantener lo que no nos gusta en la oscuridad, en la sombra; y es precisamente en este hábito inevitable de nuestra condición donde se enquista la neurosis. La neurosis es pues, a grosso modo, el intento repetido –y fallido- de evitar el dolor; y no hay otra especie más neurótica que la humana.

Mi propuesta, a grandes rasgos, es comenzar a desmenuzar nuestro concepto generalizado de lo humano y lo inhumano y encaminarnos a una ‘rehumanización’. La ‘rehumanización’ implica actualizarnos: des-identificarnos de aquello que hemos dado por sentado, de aquello que hemos sobreentendido de lo humano, llevar luz a nuestros aspectos inhumanos y reconocerlos. Es comenzar a reconocernos frágiles, vulnerables, temerosos; es reconocernos humanos en tanto tenemos esa gran dificultad para sentir el dolor propio y ajeno; mirar esa dificultad de frente. Rehumanizarnos es hacernos responsables de nuestra neurosis; mirarnos al espejo y mirar nuestra armadura, capa por capa, para poder encontrar nuevas formas de pensar, de sentir, de conectarnos con nosotros y con los otros y asumir ese poder. Tenemos muchos caminos para hacerlo y todos esos caminos tienen un comienzo común: aceptar que todos somos en la base lo que hemos considerado ‘inhumano’, y partir de ahí para resignificar nuestra humanidad.

Si de alguna manera, querido lector, te has sentido inquietado, tocado, identificado o perturbado por estas palabras, es porque hay ante ti un camino por andar. Tengo la ilusión de que este escrito sea una puerta de exploración, ojalá colectiva, de nuestras múltiples posibilidades de rehumanización.

Verónica Fornaguera

Psicoterapeuta Gestáltica