Psicoterapeuta Gestalt, Docente y Socia Fundadora de Prisma Consciente Colectivo

“Te quiero pero no te amo”, “te deseo pero no te quiero”, “te amo pero no te deseo”, y todos los salpicones posibles que derivan de nuestras concepciones del amor, el querer y el deseo, son simplemente ideas que a veces no nos permiten sentir-nos como los verdaderos seres amantes que somos.

Nos dividimos, nos limitamos, nos encerramos, marginamos, excluimos o incluimos, nos insultamos, y replicamos modelos de separación y desintegración que nos producen y reproducen profundos dolores humanos que nos podríamos ahorrar.

En general hemos crecido con la idea de que amar (al menos en mi generación y en las anteriores a la mía) es un verbo o un sentimiento explícito exclusivo de las relaciones románticas, las filiales y, si estamos de buenas, alcanza para las fraternales. A los demás no alcanzamos a amarlos (o nos da vergüenza decirles) y sólo nos da la cara para decirles “te quiero” muy de vez en cuando.

Test:
Llame a un amigo o amiga y dígale “te amo” en lugar del habitual “te quiero”. (Pero ya)
¿Cómo se sintió eso? Si se sintió bien, probablemente usted tiene menos de 30 años o ha hecho algún proceso personal que lo ha reconciliado con su amar. Si se sintió incómodo, tal vez usted tiene más de 30 años y/o tiene una dificultad con la idea de amar (no necesariamente con amar).

Desde hace varios años comencé a cuestionarme cómo es posible que siendo el amor el impulso de vida por esencia, lo más anhelado por los seres humanos sin excepción, lo que todos tenemos en común desde que nacemos hasta que morimos, lo que todos sentimos de manera tan clara, nos hayamos ‘sofisticado’ de tal forma que llegamos a tan mezquinas y limitantes versiones del amor. Amar y ser amados parece un gran privilegio de unos pocos significativos, eso sí, si cumplen condiciones muy específicas. Por otro lado, hemos hecho del amor nuestra fuente de sufrimiento más recurrente; ¿cómo es esto posible?

Estas preguntas fueron el motor de mi revolución del amor incondicional, mi búsqueda activa de situaciones, relaciones, experimentos y vivencias relacionadas con el Amor (con A mayúscula) en mi anhelo de entenderlo (aunque hace rato renuncié al entendimiento racional) y, sobre todo, de experimentarlo. En ese camino he cometido grandes burradas que vistas retrospectivamente han resultado siendo grandes aciertos. Es un camino en el que, sobre todo, he vencido mis miedos más primarios al desamor y me he fortalecido en el Amar y en el querer, con la claridad de que lo segundo es una expresión puntual y limitada de lo primero y que lo primero es mucho más grande y vasto que yo y que todos nosotros y que no tengo razón para negarlo.

He sentido el Amor transpersonal; es decir, que está más allá de mi persona; el Amor que no reclama, que no espera, que no se ofende; el Amor paciente, atemporal, etéreo, omnipresente e incorpóreo; el Amor desinteresado, desapegado, gozoso del presente; el Amor que es el principio y el fin, el principio del fin y el fin del principio; el Amor infinito, eterno, trascendente; el Amor que reconoce su humanidad pero no se identifica con ella; el Amor com-pasivo, no com-pulsivo; el Amor no-yo y yo-no; el Amor tú-yo-ellos-nos-otros. A partir de ahí, también me he percatado de mis formas de querer y he podido llegar a un querer más pleno y tranquilo.

Con esta consciencia me llegó la claridad de que el Amar no es romántico y que el querer puede ser romántico aunque no se reduzca a eso. Por eso el vallenato aquel que nos rayó la cabeza a todos (te quiero pero no te amo) es para mí un despropósito. Te amo, pero no te quiero, diría yo ahora.

El verbo del Amor es “el Amar”; es un acontecer, más que un verbo. El Amar tiene una cualidad tan etérea y atemporal que no es una acción a realizar: el Amar siempre ha estado realizado; está antes de nosotros, con nosotros y después de nosotros; nosotros somos una expresión del Amar y acontecemos en ese Amar -aunque no nos percatemos. El Amar carece de tiempo y de lugar y no es condicionado. El Amar es lo que crea y destruye para volver a crear. Es la fuerza de la vida.

Entonces, ¿por qué nos resulta tan difícil acontecer con el Amar, en el Amar?

Es difícil porque nos aterra; y nos aterra porque hemos crecido bajo el paradigma de que el amor es traicionero, posesivo, exclusivo, excluyente, exigente, sacrificado, estúpido, sumiso, victimizante, orgásmico, placentero, dulce, extático, llenador, vulnerable, doloroso, ridículo, cursi, sexual, asesino, enloquecedor, ciego, sordo, crudo, cruel, entre otras múltiples ideas y las infinitas combinaciones de todas las anteriores. Cuando reducimos “el amar” a tantas ideas, éste se vuelve pesado, denso, aterrador. Sin embargo, si realmente fuera así, tan difícil y aterrador, la vida se habría extinguido hace tiempo. Y aquí seguimos, cantando música de plancha a grito herido, sobreviviendo los corazones rotos.

Lo que he entendido con el tiempo y los experimentos con la verdad, es que todas esas características que atribuimos al amar tienen que ver más con el querer. El querer es un ejercicio; es algo personal; es una de las formas en las que los humanos hacemos operativo el Amar; es la forma como realizamos el amar en relación con un objeto particular; un objeto que deseamos, en este tiempo y en este espacio, con este cuerpo: Te quiero a mi lado; quiero verte, tocarte, oírte, olerte. El querer es el sistema operativo del amar en el cuerpo humano, y el Amar es la Matriz. El querer contiene el deseo sexual, la ternura y todas las manifestaciones humanas de esta necesidad de cercanía con ese otro, objeto de nuestro deseo. Queremos por instinto de supervivencia: queremos reproducirnos, queremos conservar nuestra pareja, queremos proteger a nuestras crías para que crezcan y sigan preservando la especie. Queremos por cultura: queremos ser reconocidos, queremos sentirnos importantes, queremos reconocer y pertenecer. Y queremos por una mezcla única de nuestras experiencias de supervivencia y cultura que nos hace querer de formas particulares, algunas dolorosas, otras limitantes, otras gratificantes y otras expansivas. Todas formas de querer.

Así, si acontecemos en el Amar, decir “te quiero pero no te amo” sería improcedente. No podemos querer sin amar, aunque no seamos conscientes. Si acontecemos en el Amar, no podemos dejar de amar; podemos dejar de querer, que no está nada mal tampoco. Reconocer que en este tiempo y en este espacio, con este cuerpo he dejado de desear un objeto, es apenas humano; pero no puedo dejar de amar al otro que ya he amado, porque el Amar no tiene tiempo. Si Amo, puedo ver al otro en su humanidad, que es como la mía; puedo comprender y aceptar sus miedos, sus fracasos, sus alegrías, sus tiempos, sus huidas, sus dudas, sus deseos, aunque me duelan. Cuando acontezco en el Amar, sé que nada es personal; es que la vida humana transcurre en un tiempo y un espacio humanos que a veces nos imposibilitan coincidir. Y al final del camino, no pasa nada.

Si acontecemos en el Amar, decimos la verdad aunque tengamos miedo al dolor; reconocemos y validamos nuestros sentimientos y los sentimientos del querido y no pretendemos que sea distinto a lo que es. Cuando acontecemos en el amar, el dolor es dolor y no sufrimiento. Podemos irnos y dejar ir; podemos quedarnos sin aferrarnos; podemos querer y dejar de querer con más tranquilidad. Podemos querer y que nos dejen de querer sin perder la vida en un instante. Si acontecemos en el Amar soltamos las expectativas o las tenemos sin apegos al resultado. Si acontecemos en el Amar, sabemos que algo más grande que todos nos sostiene.

Cuando acontecemos en el Amar hasta nuestro vecino antipático deja de ser tan irritante, porque ya no vemos los actos del otro como una afrenta personal. Tenemos acceso a la compasión, que es otra forma en la que el amar se vuelve operativo; es la posibilidad de conexión con el otro que no pasa por el deseo. La compasión es reconocer que yo soy el otro que puedo no querer; el otro es mi yo reflejado, tan asustado como yo, tan iracundo como yo, tan vulnerable como yo; ya no tengo necesidad de diferenciarme o de fusionarme.

¿Está aconteciendo en el amar? ¿Cómo está su sistema operativo de querer? ¿Qué es para usted la compasión?

Por ahora mi invitación es a seguir haciendo el test de te amo a diestra y a siniestra para desafiar el miedo a la palabra amar; al fin y al cabo, es sólo una palabra.

Les amo.

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