Cuerpo y Mandatos


Estudiante de Entrenamiento en Gestalt Trascendente.

Sept 26, 2017 | Por: Cristina Constain

Soy una persona altamente empática y compasiva.

Suelo caminar en los zapatos de otros casi todo el tiempo.

Me compadezco por los demás, intento ayudarlos.

Grito hacia la injusticia, defiendo, ayudo, escucho.

Odio que traten mal a la gente, me desconcierta enormemente ver sufrimiento.

Me duele el dolor de los demás, me duele profundamente.

También soy una persona que se da palo.

Me doy palo, mucho palo.

Lo sabía, me lo decían, me lo repito yo una y otra vez, casi como un mantra:

“no te des palo, no te des palo”.

Pero es solo hasta ahora que lo veo de frente.

Se cayó la venda.

Me lo gritó mi cuerpo.

“Aquí estas. Esta eres tú. Vuelve.”

Fue necesario ponerlo de frente a mi.

Vestir ese peso con el que a diario camino.

Poner una a una las capas de lo que a diario me digo.

Fue necesario sentir el peso, ahogarme en el.

Tienes que ser fuerte. Debes tener un plan. Debes ser buena hija. Tienes que ser exitosa. No puedes fallar. No debes cuestionar las reglas. Debes ser obediente. Tienes que aprovechar tus oportunidades. Debes ser buena madre. Las mujeres se hacen respetar. Cuidado con lo que dicen de ti. No pierdas el control. Te esta dejando el tren. ¿Qué has hecho con tu vida? Si lloras eres débil. Si no haces lo que se espera de ti, no te van a querer. Que van a decir de ti si no haces lo debido. Tienes que dar siempre lo mejor de ti.

Debes, debes, debes. Tienes, tienes, tienes. No puedes, no puedes, no puedes.

Poco a poco fui entendiendo la razón de mi agotamiento.

De mi continua sensación de ahogo y de consecuencia las infinitas y constantes ganas de llorar.

De mi desconcentración. De mi confusión.

Poco a poco fui entendiendo.

Entendí que llevaba un tiempo con los ojos tapados.

Corriendo y corriendo, buscando y buscando.

Afuera. Todo afuera. Sin saber siquiera a donde iba.

Desconectada de mi misma. Desconociéndome.

Vi ahí mismo la absoluta y total ausencia de compasión a mi misma.

Toda mi compasión se iba a los demás.

Toda mi energía se iba a ser la niña buena.

Toda mi actividad a proyectar una realidad de mi creada por cuenta de una montaña de deberías.

Una cantidad de esfuerzo en moldear mi ser en algo que perteneciera.

Ignorando por completo cualquier necesidad externa a esa: cumplir.

Y entonces, ¿qué quedaba para mi?

Con esa realización empezó mi viaje.

La primera vez en mi vida que tenia una conversación con mi cuerpo,

Conmigo misma.

Una conversación consciente, presente, transparente.

Un verdadero gesto de amor hacia mí.

Veo bloqueos por todas partes.

Muros, paredes, cadenas.

Mi estomago me grita nauseabundo.

Mis pulmones bandean la bandera de la paz.

Mi corazón sonríe.

La cabeza se reposa, agotada.

“Nos estamos ahogando” dicen mis órganos.

“Esta no eres tu, para de tratar tan fuerte de ignorarnos” dicen mi espíritu y mi alma.

Siento profunda tristeza. De verme así tan abandonada.

Tan descuidada. Tan intensamente segmentada.

De pronto, un par de alas enormes se abren en mi espalda.

Veo luz blanca destellar hasta un punto de casi cegar.

Se baten fuertes.

Entonces bailo.

Bato mis alas.

Confío.

Por primera vez sonrío, no desde mi máscara.

Sonrío de verdad.

Me paro de frente a mí.

Me veo.

Esta soy yo.

De pronto siento un profundo sentimiento de respeto,

De admiración.

Siento compasión.

Siento amor profundo.

Hoy me sonrío a mi misma.

Me sigo dando palo.

Esta vez sin venda, viendo de frente a quien lastimo.

Entonces puedo elegir un palo mas suave.

Incluso cambiarlo por una caricia.

Cristina Constain